lunes, 12 de enero de 2015

Monográficos de Cine: Charlie Chaplin


Quien me conoce, sabe de sobra que idolatro el cine. Y para quien no lo sepa, desde aquí lo reafirmo; es uno de mis mayores placeres visuales.

Como cualquier niño he crecido viendo películas, pero no fue hasta los 12 años, cuando me quedé prendado de una extraña película. Fue en una de esas ocasiones, en las que a hurtadillas, uno disfruta de los placeres prohibidos de la televisión de madrugada.

Creo recordar que hasta entonces nunca había visto una película muda, y esas extrañas imágenes en blanco y negro, acompañadas de una banda sonora señorial y relajada, me hicieron prestarle atención.

Valga decir que la actitud de los personajes que veía en pantalla, con apariencia grotesca y maquillaje exagerado también hicieron lo suyo. Su lenguaje mímico resultaba más esencial que cualquier palabra que pudieran decir.

Ese primer cine mudo, su ingenuidad, magia y desprejuicios, me cautivaron desde entonces. Especialmente unas comedias de un tal Charlie Chaplin, que así se hacía llamar el personaje que veía en la pantalla. 

Posteriormente fui descubriendo a otros actores, que al igual que él, se dedicaban al valioso y honorable oficio de la risa. E igualmente con los años, fui descubriendo (y aún sigo haciéndolo) muchas más cosas apasionantes de lo que es el mundo del cine; especialmente el cómico. 

Pero creo que después de tantos años, aún no he encontrado ningún otro género cinéfilo, que me provoque las sensaciones de emoción y elegancia relajante para mis oídos y mis ojos, como sólo me provocan las películas mudas. Y todo empezó con él, con Charlot, el vagabundo mudo.



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