domingo, 15 de febrero de 2015

Las máscaras de la vida







Este fin de semana comenzó el Carnaval, una época en la que algunos deciden disfrazarse, adoptar una nueva personalidad y apariencia a través de una máscara. Jugamos a ser alguien o algo que en otro momento no podemos ser. Y todo con el fin de divertirnos.

El Carnaval es una época de descontrol, de romper las reglas. Y para permitírnoslo, usamos el disfraz. Disfrazarnos, jugar a ser otro, nos ayuda a poder dar rienda suelta a nuestros deseos, sin perder la aceptación de la sociedad. El hecho de que la gente utilice un determinado disfraz u otro, hasta creo que puede darnos una idea del deseo oculto de una persona.

Pero el Carnaval, para gran parte de la sociedad, suele durar el año entero. Seguro que nos hemos identificado con la idea de que en algunas ocasiones, hemos tenido que fingir ser de determinada manera por diferentes motivos: miedo, vergüenza, etc.
Las máscaras nos sirven de escudo protector, yo creo que por la necesidad de proteger nuestra intimidad del mundo externo, para evitar sentirnos más vulnerables ante la sociedad.

Es por eso, por lo que a veces, se busca aparentar una personalidad que sea aceptada y valorada por los demás. Uno puede pensar que actuando de manera auténtica, puede ser juzgado y rechazado. 
Es frecuente que a lo largo del día, tengamos que representar distintos roles en función de quien tenemos delante. Nunca nos expresaremos igual si tenemos delante a nuestro jefe o nuestro padre o nuestro amigo.

Hasta es posible que nos sintamos tan presionados a fingir ser otra persona para sentirnos adaptados al mundo externo, que acabemos frustrados por no poder desarrollar o expresar nuestros deseos u opiniones. Yo he experimentado lo que es eso, y resulta agobiante, la verdad.

La máscara nos atrapa y nos quita individualidad. Nos hace ser rígidos, porque nos obliga  a mantener ser alguien que no somos, simplemente porque un día decidimos (o nos hicieron decidir) que así debíamos de mostrarnos, actuar o pensar.
Es necesario detenerse un momento, reflexionar y poder observarse a uno mismo, e intentar reconocer si aquello que se muestra es lo que se es y lo que se desea ser.

Así que os invito a hacernos amigos de nuestra máscara e invitarla a largarse en algún momento, para que nos pueda dejar ser como somos. Cierto que no es fácil, hay muchos factores externos que a veces nos lo dificultan; pero en mi caso, cada día voy aprendiendo más a alejarla, y puedo asegurar que vale realmente la pena.


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